Tramas que cuidan 28: No todo conflicto es violencia

Reflexiones del IFD3 para una comunidad que elige acompañar

EDUCACIÓN

10/30/20263 min read

Los desacuerdos forman parte de la vida en común. Tenemos deseos, opiniones y expectativas que no siempre coinciden con los de los demás. Sin embargo, muchas veces intentamos evitar los conflictos a cualquier precio o interpretamos cualquier cuestionamiento como una falta de respeto. ¿Qué oportunidades perdemos cuando creemos que toda diferencia es un problema que debe desaparecer?
Es importante distinguir el conflicto de la violencia. Un conflicto aparece cuando existen intereses, necesidades u opiniones que entran en tensión. La violencia, en cambio, implica acciones que dañan, intimidan, someten o vulneran a otras personas. No toda discusión es violenta, así como tampoco podemos justificar una agresión diciendo que se trata de una pelea o de algo propio de la edad. Reconocer estas diferencias nos permite intervenir sin minimizar el daño ni convertir cada desacuerdo en una amenaza.
Las adolescencias se encuentran en un momento significativo para aprender a tramitar los conflictos. Se construyen nuevas formas de pensar, se revisan acuerdos, se cuestionan algunas normas y adquieren mayor importancia los vínculos con los pares. Expresar disconformidad, discutir decisiones y poner a prueba las ideas del mundo adulto pueden resultar incómodos pero también forman parte de la construcción de la identidad y la autonomía. Necesitamos distinguir entre una diferencia que podemos acompañar y una situación que requiere nuestra intervención.
¿Qué aprendemos cuando atravesamos un conflicto? Podemos descubrir que no todas las personas piensan como nosotros, que nuestras decisiones tienen consecuencias y que escuchar no significa necesariamente dar la razón. También podemos aprender a reconocer errores, expresar límites, reparar daños y buscar alternativas. Como plantea Lucía Litichever en sus investigaciones sobre la convivencia escolar, construir lo común requiere elaborar acuerdos y modos de participación que contemplen las distintas voces. Estos aprendizajes no surgen automáticamente: necesitan tiempo, orientación y oportunidades para revisar lo sucedido.
En este proceso, las personas adultas tenemos una responsabilidad fundamental. No podemos exigir diálogo si respondemos a los cuestionamientos con gritos, amenazas o descalificaciones. Tampoco se trata de renunciar a nuestra autoridad, sino de ejercerla sin humillar, sostener límites claros y escuchar sin abandonar nuestra responsabilidad. Myriam Southwell, al reflexionar sobre los vínculos entre generaciones, destaca la importancia de reconocer a las y los jóvenes como sujetos con experiencias y trayectorias diversas. Acompañar supone tomar en serio sus voces sin dejar de ofrecer orientación y cuidado.
Esto no significa dejar que las situaciones se resuelvan solas. Cuando hay amenazas, hostigamiento reiterado, discriminación, intimidación o relaciones de poder que impiden a alguien defenderse, es necesario intervenir y proteger a quienes están siendo vulnerados. No alcanza con pedirles a las partes que dialoguen cuando no están dadas las condiciones para hacerlo. Escuchar, evaluar lo ocurrido y actuar de manera proporcional a la situación también son formas de cuidar.
La familia, la escuela y los distintos espacios de encuentro pueden ofrecer oportunidades para aprender a convivir con las diferencias. Para eso, no alcanza con pedir respeto: necesitamos construirlo en las prácticas cotidianas, habilitar la palabra, acordar límites y reconocer que también las personas adultas podemos equivocarnos. El modo en que intervenimos frente a un conflicto enseña tanto como aquello que decimos sobre la convivencia.
Educar para convivir no es conseguir que nunca haya conflictos, sino ofrecer herramientas para atravesarlos sin destruir los vínculos ni vulnerar derechos. Las adolescencias necesitan adultos capaces de sostener las diferencias sin vivirlas como una amenaza, poner límites sin ejercer violencia y acompañar sin pretender controlar cada paso. No todo conflicto es violencia. A veces, la violencia deviene de la falta de herramientas o instrumentos simbólicos para tramitar contradicciones y tensiones. Los conflictos muchas veces pueden convertirse en oportunidades para aprender a construir y relacionarnos de otras maneras.


Esta reflexión se inscribe en la serie “De personas adultas a las adolescencias”, @ifd3_sma Instituto de Formación Docente N°3 de San Martín de los Andes.

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